Para LNVR escribe Alejandro De Muro
En Agostina, de apenas 14 años, todo fue prematuro. Su incursión en un mundo de adultos, encabezado por un supuesto “amigovio” de su madre, de 32 años y principal sospechoso de su desaparición y muerte, no presagiaba nada alentador.
Sin contención familiar, carente de ejemplos, deambuló por laberintos. Quizá quiso ser “grande” antes de tiempo, algo para lo cual no estaba preparada. En una etapa de la vida en la que la personalidad se forja sobre la base de una escuela que contenga y de amistades que acompañen, ella terminó transitando el peor de los senderos.
Agostina murió y no debía morir.
Es preciso que su caso sea un claro llamado de atención para quienes, en ocasiones, priorizan sus objetivos personales o laborales y relegan el inexcusable deber de salvaguardar la vida de los adolescentes que tienen a cargo.
Todos, de alguna manera, mantenemos vínculos con menores a los cuales podemos y debemos proteger. A todos nos corresponde interesarnos, acompañar y estar atentos. Saber, por ejemplo, dónde están y con quién.
La muerte de Agostina no puede ser una noticia más. Debe interpelarnos como sociedad y obligarnos a reflexionar sobre las responsabilidades que muchas veces se eluden hasta que ya es demasiado tarde.






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