Para LNVR escribe Elías Ruíz
En un mundo donde las pantallas nunca se apagan y las notificaciones marcan el ritmo de nuestro pulso, surge una paradoja inquietante: nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, nunca nos hemos sentido tan solos.
Según estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) casi una de cada seis personas en el mundo admite vivir bajo la sombra de la soledad.
No se trata de un simple sentimiento pasajero; es una crisis de salud pública que trasciende fronteras, edades y estratos sociales. La hiperconectividad, lejos de ser la cura, parece haber actuado en ocasiones como un espejismo que nos aleja de la profundidad del encuentro humano.
Pero existe una soledad aún más dolorosa: la que se experimenta estando rodeado de personas.
Es ese vacío que se siente en una mesa llena de gente, en una oficina o incluso en el “scroll” infinito por las redes sociales.
Frente al frío diagnóstico de una sociedad desconectada de su esencia, la sabiduría bíblica ofrece un refugio que no depende de algoritmos ni de la presencia física de otros seres humanos. En el Salmo 139, se nos revela una verdad que desarma cualquier sentimiento de abandono:
“¿A dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia?…Si me elevara sobre las alas de la aurora, o me estableciera en los confines del mar, aun allí tu mano me guiaría, me sostendría tu mano derecha”.
Esta promesa nos recuerda que la soledad, en su raíz más profunda, se disuelve ante la presencia permanente de Dios. No es una compañía que compita con la humana, sino una que la fundamenta y la trasciende.
Es una presencia que no juzga nuestro silencio, sino que lo habita. Un lazo inquebrantable que expulsa el temor al abandono y nos permite vivir en plenitud, incluso cuando el mundo a nuestro alrededor parece distante.
La solución a la soledad global no solo reside en mejores políticas públicas o la ilusa desconexión de los dispositivos, sino en reconectar con esa compañía eterna que promete estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”.
En ese encuentro, la soledad deja de ser un abismo para convertirse en un espacio de comunión.






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