Para LNVR escribe la abogada Mariela Ciani
Cuando una pareja con hijos se separa, todo cambia menos una cosa: la responsabilidad de seguir siendo padres. Qué dice la ley sobre la responsabilidad parental y por qué los chicos nunca deberían quedar en el medio._
Una pareja decide separarse: uno deja la casa, las cosas se dividen, las rutinas cambian, los proyectos compartidos se apagan. Hasta ahí, nada nuevo: son los costos de toda ruptura. Pero hay una cosa que la separación no tiene derecho a tocar: la responsabilidad de seguir siendo padres. Sin embargo, en este punto es donde las cosas muchas veces se complejizan.
Los hijos no son mensajeros
“Decile a tu papá…”. “Preguntale a tu mamá…”; como estas, hay frases que se repiten en miles de casas todos los días. Y que, sin que nadie lo note, van corriendo a un hijo de su lugar para empujarlo a un lugar que no le pertenece: el de mediador, mensajero, o —peor— juez de sus propios padres.
Los hijos no son responsables de la separación. Tampoco son responsables de arreglarla.
No tienen que elegir bando. No tienen que llevar mensajes que los adultos ya no pueden darse cara a cara. Cuando eso pasa, algo se desordena en la familia: los grandes dejan de ocupar su lugar y se abren algunas incertidumbres que repercuten en los chicos.
Qué dice la ley (y por qué importa)
Existe un concepto que se nombra seguido pero pocas veces se entiende: responsabilidad parental.
El artículo 638 del Código Civil y Comercial la define como el conjunto de deberes y derechos que corresponden a los progenitores sobre la persona y los bienes del hijo, con un objetivo puntual: su protección, desarrollo y formación integral mientras sea menor de edad. Esto implica que ser padre o madre no es solo querer a un hijo; es decidir, cuidar, escuchar, sostener y hacerse cargo —de lo cotidiano y de lo importante— mientras ese hijo crece.
Y acá está el punto clave, el que muchas veces se pierde en medio de una separación: el artículo 641 del mismo instrumento establece que, cuando los progenitores conviven, el ejercicio de esa responsabilidad es conjunto. Y cuando dejan de convivir, la regla no cambia: ambos siguen ejerciéndola, salvo que un juez decida lo contrario o que ellos mismos acuerden otra cosa. Separarse no vuelve a nadie “más padre” o “más madre” que el otro; la ley habla de coparentalidad, en pie de igualdad, sin preferencias de género.
Hay, incluso, un artículo pensado para cuando los padres no logran ponerse de acuerdo: el 642 habilita a cualquiera de los dos a pedirle a un juez que resuelva el desacuerdo. Es decir, la ley no da por hecho que todo va a fluir sin fricciones —al contrario, prevé el conflicto y le da un cauce, para que no termine resolviéndose a través de los hijos.
Y hay algo más, casi siempre ignorado: el artículo 654 impone a cada progenitor el deber de informar al otro sobre cuestiones de educación, salud y otros asuntos relevantes de la vida del hijo.
En la práctica, claro, todo esto es más complicado. Una cosa es la letra del Código y otra es lograr que las decisiones sobre un hijo se tomen sin que otros tintes ocupen el centro de la escena.
Las preguntas que no pueden esperar
Separados incluso, hay decisiones que los adultos tienen que seguir resolviendo juntos: ¿A qué escuela va a ir?, ¿Qué médico lo va a atender?, ¿Puede hacer tal actividad, viajar, mudarse de ciudad?, ¿Qué se decide frente a lo importante de su vida?. Ninguna de esas preguntas se resuelve sola.
Escuchar no es cargar
El artículo 639 agrega tres principios que deberían estar presentes en cada decisión: el interés superior del niño, su autonomía progresiva, y su derecho a ser oído según su edad y madurez. Este último punto no es un detalle menor: a mayor autonomía del hijo, la ley espera que disminuya la representación que los padres ejercen sobre sus decisiones.
Pero escuchar a un hijo no es lo mismo que ponerle en los hombros una decisión que le corresponde a los adultos. Es reconocerle el derecho a decir lo que siente y piensa, no el deber de resolver lo que sus padres no pudieron.
Nada de esto exige perfección. Exige que cada progenitor sostenga su lugar, y que ambos —desde ahí— den lo mejor que tengan para sus hijos. Deberán primar la buena fe, la razonabilidad.
Ciertamentente quedan afuera de esta nota, y merecen su propio espacio, temas como el cuidado personal, el régimen de comunicación o los alimentos.
Pero antes de entrar en eso, conviene no perder de vista la idea central: Una separación puede terminar con una pareja. Nunca debería terminar con el lugar de un padre o una madre en la vida de sus hijos. Porque los hijos, pase lo que pase entre los adultos, siguen necesitando ser hijos.
Abog. Mariela Ciani / 2281-550918/ Instagram: @marieciani.abog
Derecho de las familias – Derechos Sucesorios – Amparos en Salud – Defensa del Consumidor





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