Para LNVR escribe Elías Ruíz
John Nash fue una de las mentes más luminosas del siglo XX. Genio de las matemáticas y creador de teorías que revolucionaron la economía mundial, su vida parecía destinada a los reconocimientos académicos y la admiración del mundo. Sin embargo, en el cénit de su carrera, su mente comenzó a fracturarse en silencio. La esquizofrenia lo sumergió en un laberinto donde la realidad y la ficción se volvieron indistinguibles: comenzó a escuchar voces persistentes que le advertían sobre una supuesta conspiración política internacional y le aseguraban que el periódico The New York Times ocultaba mensajes cifrados destinados exclusivamente para él.
Su lucha fue titánica, una travesía en la oscuridad que duró décadas. Pero, a fin de cuentas, ¿cuán ajena es su historia a la nuestra?
De un modo más sutil, todos escuchamos voces en el territorio invisible de nuestra mente. Son susurros insistentes que se columpian entre los extremos de la condición humana. Por un lado, están aquellas que buscan arrastramos hacia el pantano del desánimo, la desesperanza, la frustración, el enojo incontenible y el rencor que marchita el alma. Son ecos que exageran nuestros fracasos, que magnifican los agravios y nos repiten que ya no hay salida. Por el otro, en el silencio de la conciencia, resuenan también aquellas que nos impulsan hacia la fe, la determinación inquebrantable, el amor que todo lo sufre y el perdón que libera.
La gran paradoja de la existencia es que no siempre podemos evitar que esas voces crucen el umbral de nuestros pensamientos, pero en nosotros reside el poder absoluto de decidir a cuáles les abrimos la puerta y a cuáles les negamos la entrada. A pesar de convivir con su trastorno hasta el final de sus días, Jhon Nash, logró alcanzar un punto de lucidez admirable, eligiendo a que voces oir. El mismo expresó en el ocaso de su vida: “Todos oímos voces. Pero tenemos que tomar una gran decisión: ¿a qué voz vamos a escuchar?”
Esa decisión define el rumbo de nuestras vidas y la manera en que atravesamos las tormentas. La verdadera sabiduría no consiste en la ausencia de ruido interior, sino en la capacidad de afinar el oído espiritual para distinguir la voz de Dios en medio del bullicio del mundo y de nuestras propias debilidades.
Aceptar esa dirección es un acto cotidiano de libertad. Es recordar la promesa eterna para quienes aprenden a acallar el alboroto interno y se inclinan ante la verdad que da paz: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». (Juan 10:27)




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