El Dr. Eduardo Néstor Romano fue un considerado y solícito hijo de Rauch. Su infancia se anudo al corazón del pueblo, frente a la Plaza Sarmiento, en la casa de la calle Mitre que el tiempo no ha deslucido. Partió de nuestra ciudad muy joven a la capital universitaria de la provincia de Buenos Aires. Ya en esta, a la par de sus estudios de derecho, cultivo la amistad y la proximidad con una calidez entrañable.
Una de sus pasiones tempranas fue el automovilismo deportivo. En él se involucró hasta alcanzar la categoría más popular del país, el turismo carretera; acompañando a Miguel Ángel Atauri– cuyo nombre perpetúa el autódromo de la ciudad de Dolores.
Y como “vivir es tomar partido” (una célebre frase de Antonio Gramsci), abrazado a ese compromiso, se enroló en uno de los bandos de la puja entre “la laica y la libre” en 1958, diez años antes del mayo francés. Época – siempre lo recordaba – en la que, los bastones de la policía se detenían frente a la jurisdicción federal de la universidad.
El amor – como a todo humano – lo preservó. Su esposa Susana Diez – marplatense que honró la docencia en la ciudad de La Plata-,sus dos hijas, Aranzazu y Myrna, y sus nietos, Emma y Hugo Eduardo, fueron su desvelo.
Capítulo destacado fue la forma en que se prodigó en el ejercicio de la profesión de abogado. Graduado en la UNLP fundó su estudio en la ciudad capital y durante casi cincuenta años ininterrumpidos pulió el tercer mandamiento del jurista uruguayo Eduardo J. Couture: “trabaja, la abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia”. Su tarea – más allá de la plata y su querido Rauch – recogió solicitudes de vecinos de numerosas ciudades y pueblos de la provincia, dejando una huella personal encomiable.
Pero, además, en su estudio se avocó a la formación de muchas vocaciones de jóvenes abogados que hoy lo reconocen como un mentor sin reservas. Serio, exigente y generoso, encarno una ética por encima de las expectativas de sus pares.
Su altruismo tuvo en su ciudad natal, artículos inolvidables. Colaborador incansable de instituciones como los centros de estudiantes y residentes de Rauch en la ciudad de La Plata. El mismo Municipio de Rauch recibió en diversas gestiones de gobierno, su asistencia y su favor. Supo, además, acudir personalmente al socorro de los más necesitados. Su madre –Isabel Bassagaistegui – quien había moldeado su carácter y su fe le marcó esa impronta.

La comunidad entera fue testigo de su auxilio en horas de mucho desasosiego para la población, como la recordada inundación de los ochenta que castigó duramente a nuestro pueblo.
En fin, el destino barajó el naipe y él jugó sus cartas –Arthur Schopenhauer influyente filósofo alemán-. Con sapiencia, con autoridad. Y sin proponérselo, forjó un modelo humano tan difícil de seguir, como fácil de cautivar por sus abundantes frutos.
La emoción de tu pueblo al despedirte no nos arrinconará, como para olvidarnos de decirte, Eduardo, gracias, por tanto.
Eduardo Romano falleció en La Plata a los 85 años de edad el pasado 1 de marzo.
/Colaboración del doctor Carlos Echevesti, abogado rauchense en La Plata





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