Pasó la vigésima séptima edición de la Fiesta Nacional del Ave de Raza. Y, como cada año, queda el balance de una celebración que vuelve a poner a Rauch en el centro de la escena y que requiere, detrás de cada jornada, un trabajo enorme y muchas horas de dedicación.
La Comisión de la Fiesta volvió a hacer un esfuerzo incansable para que Rauch tuviera su celebración. Y esta vez, además, debió sortear las dificultades que impuso el clima, con frío, viento y condiciones que obligaron a redoblar esfuerzos para sostener la programación.
El desfile del domingo fue, sin dudas, uno de los puntos altos. El buen tiempo acompañó, hubo una importante presencia de público y la incorporación de la banda militar, los integrantes del CeSoRim, una comparsa de Maipú, instituciones, agrupaciones tradicionalistas, delegaciones y representantes de otras fiestas le dieron atractivo y variedad a una de las actividades más tradicionales de la celebración.
Pero una vez terminado el balance inmediato, hay cuestiones que sería bueno observar de cara a las próximas ediciones.
Una de ellas es el lugar para los espectáculos centrales. El cambio de escenario no terminó de resolver el problema. El playón del Polideportivo Municipal volvió a mostrarse demasiado grande para la cantidad de público que concurrió durante las noches principales. Quizás no sea necesario pensar en espacios amplios y a cielo abierto cuando la convocatoria demuestra que un ámbito más acotado y bajo techo podría generar otro clima y una mayor sensación de convocatoria.
El segundo punto es la elección de los artistas centrales. Una vez más, los números contratados no lograron generar la convocatoria esperada. Las imágenes de las noches del viernes y sábado fueron elocuentes: muy poca gente frente a un escenario preparado para recibir a una multitud. No se trata de cuestionar a los artistas, sino de revisar si son los nombres adecuados para el público que históricamente acompaña a la Fiesta.
Y el tercer aspecto es el horario del cierre. La elección y coronación de las nuevas embajadoras terminó cerca de las 2 de la madrugada, en una noche de temperaturas extremadamente bajas. La extensión de la programación terminó provocando que muchos vecinos se retiraran antes de uno de los momentos centrales de la Fiesta.
La última noche debería estar pensada para que la gente pueda quedarse hasta el final. Para despedir a las soberanas salientes, conocer a las nuevas representantes y acompañarlas en ese momento tan especial. Quizás allí también haya que revisar la cantidad de artistas sobre el escenario antes de llegar al momento principal.
Y hay un cuarto tema, que excede a la Comisión pero que forma parte de la discusión que Rauch debe darse: la ordenanza vigente desde el año 2000 que limita la realización de otros espectáculos durante los días de la Fiesta.
Una norma que fue pensada en otro contexto y que hoy genera malestar en parte del comercio local. Porque mientras la ciudad celebra, también hay comerciantes que sienten que se les restringen posibilidades de generar actividad durante uno de los momentos de mayor movimiento del año.
No son críticas. Son cuestiones para observar, discutir y eventualmente corregir.
Porque la Fiesta del Ave de Raza es de Rauch. Y si queremos que siga creciendo, también necesitamos animarnos a revisar aquello que no funciona como esperamos.
La vigésima séptima edición pasó. Hubo esfuerzo, hubo trabajo, hubo momentos muy buenos y hubo una ciudad que volvió a celebrar.
Ahora queda una tarea: pensar la próxima Fiesta. Con menos prejuicios, con más datos y escuchando a todos. Para que la 28ª edición vuelva a ser, definitivamente, la fiesta que Rauch quiere y merece.





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