El pasado 19 de marzo se cumplieron seis años de un anuncio que marcaría un antes y un después en la vida cotidiana de millones de argentinos. A través de una cadena nacional, el entonces presidente Alberto Fernández comunicaba la firma de un Decreto de Necesidad y Urgencia que establecía el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Desde el día siguiente, la circulación quedaba restringida en todo el país, con excepciones para actividades esenciales.
La medida, adoptada en el marco del avance del coronavirus, llegaba apenas semanas después de que Argentina confirmara su primer caso de COVID-19, el 3 de marzo de 2020. A partir de allí, comenzaría una etapa inédita que transformó hábitos, rutinas y estructuras en todos los ámbitos, entre ellos, el educativo.
En Rauch, el impacto se sintió con fuerza en las instituciones educativas. Así lo recordó Walter Novillo, director del Instituto Inmaculada Concepción, quien en diálogo con La Nueva Verdad de Rauch, repasó aquellos primeros meses de incertidumbre y adaptación forzada.
“Yo hacía poquito que había entrado como director, había planificado el año con muchos proyectos, y la pandemia nos cambió absolutamente todo”, expresó. La irrupción de las restricciones obligó a dejar atrás la presencialidad y a construir, prácticamente desde cero, una nueva forma de enseñar y aprender.
El desafío fue inmediato y profundo. “Tuvimos que readaptarnos a lo nuevo, aprender un montón de cosas, sobre todo en tecnología y en el manejo de las relaciones a través de la virtualidad. Y para eso sinceramente no estábamos preparados”, señaló Novillo, quien además remarcó el desgaste que implicó sostener el funcionamiento institucional en ese contexto.
La tarea no fue sencilla. El equipo directivo debió articular permanentemente con docentes, alumnos, familias y autoridades, todos atravesados por realidades muy diferentes. “Nunca aprendimos tanto de atender la diversidad como en ese momento”, afirmó. Desde garantizar materiales para estudiantes sin acceso a fotocopias, hasta acompañar a docentes con dificultades tecnológicas, cada situación exigía respuestas particulares.
Las jornadas se extendían durante horas frente a una pantalla. “Recuerdo sentarme a las 7 de la mañana frente a la computadora y desconectarme a las 4 de la tarde. Fue muy desgastante”, relató.
Sin embargo, en medio de las dificultades también surgieron aprendizajes y experiencias positivas. El uso de herramientas digitales, la cercanía con las familias y la capacidad de adaptación fueron algunos de los aspectos que el director destacó como legado de aquella etapa.
Entre los momentos más significativos, Novillo recordó el esfuerzo por sostener algunos hitos del ciclo lectivo bajo estrictos protocolos. “Fuimos de los primeros en organizar una clase al aire libre de fin de año, con un montón de requisitos. También pudimos hacer el acto en dos días, respetando un protocolo muy exigente”, contó.
No obstante, el saldo también dejó deudas emocionales. “Me acuerdo mucho de la promoción que egresaba. Teníamos todo organizado y no se pudo hacer. Era un grupo que se merecía todo y no tuvo nada”, lamentó.
A seis años de aquel inicio de la cuarentena, el recuerdo sigue presente. Para Novillo, la experiencia dejó una enseñanza clara: “Uno no elige el tiempo que le toca vivir, pero sí la forma en que lo afronta. Y nosotros aprendimos eso”.
La pandemia no solo alteró la vida cotidiana, sino que obligó a repensar estructuras profundamente arraigadas. En las aulas, como en tantos otros ámbitos, el 2020 quedó marcado como el año en que todo cambió.





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