Quiero acercar a los lectores de La Nueva Verdad de Rauch una problemática que, aunque muchas veces no ocupa el centro de la escena, hoy representa uno de los mayores desafíos para la salud pública: la resistencia microbiana, también conocida como resistencia a los antimicrobianos (RAM).
Cuando hablamos de resistencia microbiana, nos referimos a la capacidad que desarrollan distintos microorganismos —bacterias, virus, hongos y parásitos— para sobrevivir frente a medicamentos diseñados para eliminarlos, como los antibióticos. Esto hace que tratamientos que antes eran efectivos dejen de funcionar, aumentando el riesgo de que las enfermedades se propaguen y se vuelvan más graves.
Desde mi experiencia en el ámbito de la salud, veo con preocupación que una de las principales causas de este fenómeno es el uso excesivo o inadecuado de antimicrobianos. La automedicación, el abandono de tratamientos antes de tiempo o el uso sin indicación médica son prácticas más frecuentes de lo que deberían y contribuyen directamente a este problema.
Existen dos tipos de resistencia. Por un lado, la intrínseca, que es propia de ciertos microorganismos. Por otro, la adquirida, que se genera a través de mutaciones genéticas o por la transferencia de genes entre bacterias, lo que permite que la resistencia se propague rápidamente.
El impacto de esta situación es global. La Organización Mundial de la Salud la considera una de las diez principales amenazas para la salud pública en el mundo. Se estima que provoca 1,27 millones de muertes directas cada año, una cifra que nos obliga a tomar dimensión del problema.
Las consecuencias son concretas y cada vez más visibles. Infecciones comunes, como una neumonía o una infección urinaria, pueden volverse difíciles —o incluso imposibles— de tratar. Además, prácticas médicas habituales como cirugías o tratamientos como la quimioterapia dependen de la eficacia de los antibióticos, por lo que la resistencia los vuelve mucho más riesgosos.
También debemos tener en cuenta que, cuando los tratamientos habituales fallan, es necesario recurrir a medicamentos más fuertes, muchas veces más tóxicos, más costosos y con mayores efectos secundarios, lo que impacta directamente en la calidad de vida de los pacientes.
Frente a este escenario, estoy convencida de que la prevención es fundamental. Por eso, insisto en la importancia de utilizar antibióticos únicamente bajo prescripción médica y de completar siempre el tratamiento indicado, aunque los síntomas mejoren antes.
A su vez, medidas simples como el lavado frecuente de manos, la vacunación y evitar la automedicación son herramientas clave para reducir el riesgo.
También considero fundamental que, siempre que sea posible, se realicen estudios como el antibiograma, que permite identificar con precisión cuál es el antibiótico más adecuado para cada caso, evitando así el uso innecesario de medicamentos que pueden no ser efectivos.
La resistencia microbiana no es un problema del futuro, es una realidad que ya estamos atravesando. Y su solución no depende solo del sistema de salud, sino del compromiso de cada uno de nosotros en el uso responsable de los medicamentos.
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