Hay cuestiones que una comunidad puede reclamar y debe reclamar. Cuando un servicio no funciona como corresponde, cuando una calle necesita mantenimiento, cuando falta iluminación o cuando una determinada prestación municipal no responde a las necesidades de la población, es lógico que los ciudadanos hagan escuchar su voz. Reclamar es también una forma de participar y de exigir que quienes tienen responsabilidades cumplan con ellas.
Pero también hay otra cara de la realidad que muchas veces cuesta mirar: las obligaciones que tenemos como ciudadanos.
Durante el último fin de semana, distintos sectores de Rauch volvieron a mostrar una postal que debería llamarnos la atención. En la avenida Presidente Perón aparecieron papeles, nylon, cartones y distintos residuos que terminaron dispersos en la vía pública. En un barrio se acumuló una importante cantidad de televisores viejos a solo metros de donde el Municipio había estacionado un carro para el depósito de desechos. En otros puntos de la ciudad aparecieron cajas, restos de poda y distintos elementos que fueron sacados a la calle cuando no correspondía.
No se trata solamente de hablar de limpieza. Se trata de algo bastante más profundo: qué ciudad queremos y cuánto estamos dispuestos a hacer cada uno de nosotros para cuidarla.
Es cierto que el Estado municipal tiene obligaciones. Debe organizar los servicios, informar correctamente los días y horarios de recolección, mantener los espacios públicos y responder ante los reclamos. Y también es válido señalar cuando algo no se hace bien.
Pero ninguna administración, por más recursos que tenga, puede sostener una ciudad limpia si los propios habitantes sacan residuos a la calle en cualquier momento, arrojan basura donde no corresponde o utilizan el espacio público como si fuera un depósito.
Parece una cuestión menor, pero no lo es. Porque detrás de cada bolsa que queda tirada, de cada televisor abandonado, de cada resto de poda que permanece durante días o de cada caja que termina desparramada por el viento, hay una decisión individual que termina afectando al conjunto.
Y ahí aparece una contradicción que como sociedad deberíamos empezar a discutir: queremos una ciudad mejor, reclamamos que los servicios funcionen y exigimos respuestas, pero muchas veces no cumplimos con aquellas pequeñas reglas que también hacen posible esa ciudad que pretendemos.
La responsabilidad ciudadana no puede aparecer solamente cuando hay que reclamar.
Rauch tiene problemas, como cualquier ciudad. Hay demandas pendientes y seguramente hay servicios que pueden y deben mejorar. Pero también hay algo que no depende exclusivamente del Estado.
La limpieza de una ciudad es una responsabilidad compartida.




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