Para LNVR escribe Elías Ruíz
El frío cala hondo estos días en nuestra provincia. Frente al viento sur y la escarcha, la reacción natural es encerrarnos, buscar el abrigo de una salamandra, protegernos. Sin embargo, esta realidad meteorológica es un espejo de un invierno mucho más peligroso: el frío del corazón.
Cuando la indiferencia y el egoísmo nos ganan terreno, levantamos paredes invisibles. Nos “abrigamos” en nuestra comodidad y anestesiamos la compasión, olvidando que el mismo frío que nos incomoda golpea con crueldad a los más vulnerables. Ya lo advertía Jesús en el Evangelio de Mateo: “Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará”. Ese enfriamiento rara vez es odio; casi siempre es indiferencia, el pasar de largo ante la necesidad ajena.
En tiempos de heladas debemos ser portadores de calor. La fe no se vive mirando el invierno desde la ventana. El calor se multiplica cuando compartimos una frazada, un plato de comida, un llamado al vecino solo o un gesto de escucha.
Que esta ola de frío sea un llamado urgente a encender la solidaridad. Que se derrita el hielo del egoísmo y surga un corazón capaz de abrigar al hermano para que nadie pase el invierno en la intemperie del olvido.






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