Para LNVR escribe la licenciada en enfermerìa Soledad Juriorena
Cuando una persona convive con una enfermedad crónica, incurable o avanzada, la atención médica suele volcarse por completo en el cuerpo. Preguntamos: ¿Le duele algo? ¿Tiene náuseas? ¿Falta el aire? Como enfermeros y enfermeras paliativos, nuestro primer impulso es aliviar esos síntomas físicos. Sin embargo, a lo largo del camino de la cronicidad y la incurabilidad, aparece un síntoma silencioso, invisible y profundamente devastador que suele quedar en un segundo plano: el sufrimiento.
El sufrimiento no es simplemente “estar muy triste”. Es una experiencia total que ocurre cuando la persona siente que su identidad, su autonomía, sus proyectos de vida o su propia existencia están bajo una amenaza constante debido a la enfermedad. A diferencia de un dolor físico, el sufrimiento no se puede medir en una escala del 1 al 10, y es precisamente esa falta de “números” lo que hace que el sistema de salud muchas veces lo desestime o lo trate de prisa.
Mirar a la persona, no solo al diagnóstico para entender el sufrimiento, debemos cambiar el chip. Ya no sirve preguntar “¿Qué le pasa al cuerpo?”, sino “¿Quién es la persona que está habitando ese cuerpo enfermo?”.
Centrar la atención en la persona significa entender que el sufrimiento en las enfermedades crónicas e incurables se alimenta de muchas fuentes:
La pérdida de roles: Ver cómo cambia la dinámica familiar, dejar de ser el proveedor de la casa, la madre que cuida, o tener que abandonar la vida laboral activa.
La incertidumbre del día a día: El desgaste de convivir con crisis repetidas, ingresos hospitalarios y el temor constante a empeorar o a convertirse en una carga para los seres queridos.
La crisis existencial: Preguntas profundas y lógicas ante la cronicidad: ¿Por qué a mí? ¿Cómo sigo adelante si esto no va a cambiar? ¿Qué sentido tiene mi vida ahora?
Si ignoramos esto y nos limitamos a ajustar dosis de analgésicos, estamos dejando la tarea a medias. El dolor se calma con fármacos; el sufrimiento se alivia con presencia, escucha activa y validación.
El rol de la enfermería paliativa: Estar ahí
La enfermería paliativa no interviene solo en los últimos días de vida; acompaña los procesos crónicos y complejos desde el respeto absoluto al ser humano en su totalidad. Paliar el sufrimiento significa sentarse al borde de la cama o al lado del sillón de casa, sostener una mano en silencio y permitir que la persona llore sus pérdidas y su frustración sin juzgarla ni intentar “animarla” con frases vacías.
Significa también ayudar a la persona a mantener el control de sus decisiones a pesar de la enfermedad, respetando sus valores, sus deseos y su biografía. Porque una persona no es un “caso clínico” ni un diagnóstico crónico; es una historia viviente que merece ser escuchada y respetada en su máxima dignidad.
Un llamado a la comunidad
Como sociedad, necesitamos aprender a hablar del sufrimiento. No debemos normalizar que una persona con una enfermedad incurable pase sus días con angustia, soledad o desolación bajo el pretexto de que “es normal por lo que le toca vivir”.
El alivio del sufrimiento es un derecho humano. Reconocerlo, ponerle nombre y abordarlo desde el amor y el respeto a la individualidad es el acto de compasión más puro que podemos ofrecer. No siempre podemos curar la enfermedad, pero siempre, sin excepción, podemos cuidar y aliviar a la persona.






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