Para LNVR escribe Elías Ruiz
Este es el título de un film estrenado el 15 de abril de 1999 donde nos encontramos con una historia peculiar: la vida en un pequeño y aislado pueblo de la Patagonia donde el único contacto con el mundo exterior es a través del cine. Sin embargo, hay un detalle insólito: los viejos rollos de las películas llegan incompletos, deteriorados y mezclados entre sí.
Los habitantes proyectan una y otra vez esas cintas desordenadas. Para ellos, las historias no tienen un principio ni un fin claro; las escenas se repiten, los personajes aparecen fuera de lugar y el tiempo parece carecer de continuidad e intención.
Al no tener otra referencia, la comunidad termina viviendo sus propias vidas de manera fragmentada y distorsionada, sin notar que, al igual que esas cintas gastadas, se estaban quedando atascados en recuerdos y viviendo vidas sin propósito ni intención.
Creo que a veces nosotros también podemos caer en esa trampa: la de volvemos espectadores de nuestra propia existencia, dejando que las horas pasen sin estar verdaderamente presentes pero, a diferencia del cine, la vida real no tiene un botón de rebobinar ni una sala de montaje donde editar los minutos que dejamos ir.
Vivir no es dejar que los días pasen como escenas incongruentes; es aprender a habitar con plenitud el único momento que realmente nos pertenece: el hoy. «Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que cultivemos la sabiduría» expresa una prosa bíblica. Decir que la vida es breve no es una queja, sino una invitación a la sabiduría: la sabiduría de darnos cuenta de que cada aliento, cada amanecer y cada encuentro con las personas que amamos es una oportunidad única e irrepetible, para no permitir que el viento de la prisa se lleve nuestros mejores años.
Podemos poner en práctica pequeños gestos cotidianos intencionales, como regalar nuestra atención completa a la persona que tenemos enfrente, soltar aquello que ya no podemos cambiar, expresar el amor a tiempo antes de que sea tarde y agradecer las pequeñas cosas que habitan en la sencillez de cada dia.
No tenemos por qué vivir de escenas desordenadas ni de guiones ajenos. La vida que tenemos por delante no es una simulación: es un regalo divino, fresco y lleno de posibilidades cada mañana. Valoremos el tiempo, abracemos el presente y cultivemos la sabiduría de vivir cada día como lo que verdaderamente es: un milagro irrepetible.




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